Los solitarios

La vida es un proceso bastante controversial, donde llegamos solos, vivimos en sociedad, nos acostumbramos a ella y nos vamos de la misma manera como llegamos, muchas veces sin saber decir adiós.

La primera parte y la tercera siempre son así, ya que el día de nuestro último respiro, acompañados o no, una vez que los signos vitales se apagan nos vamos solos hacia donde tengamos que ir.

La segunda parte, es decir la parte de la vida en sociedad, suele pasar; sin embargo,  hay muchos hombres quienes no cuentan con esa suerte debido a varias razones, muchas veces ajenas a nuestra voluntad y otras muchas debido a nuestras propias acciones.
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Para que una persona pueda vivir en sociedad, ésta debe de tener algo agradable y bueno que ofrecer, ya sea en el plano material o espiritual; sin embargo, es preciso decir que muchas de las personas con las que nos asociamos no serán de intensiones claras.

Al saber esto como una ley de las relaciones humanas, un individuo puede ignorarlo, enfrentarlo o simplemente dejarlo.

Un amigo y yo decidimos documentar a aquellos solitarios, quienes por tal o cual razón han quedado solos en la vida y caminan el mundo como fantasmas perdidos en busca de alguna puerta que les aleje de la miseria de su existencia.

Sin embargo, no todos los que viven en soledad viven miserables; de hecho, hay muchos lobos solitarios quienes recorren el desierto de la existencia muy satisfechos y contentos; es bien sabido que a los genios o a las persones cuyo intelecto vuela más allá de lo que dictan las normas les es difícil vivir en sociedad.

La inspiración para este tema fueron las pinturas de Edward Hopper (1882-1967), quien dedicó su vida a retratar a aquellos viajeros solitarios con quien el pintor se encontraba.

Sus pinturas son una combinación entre la profunda melancolía de un individuo y el plano de lo completamente  normal y cotidiano, donde el espectador podrá percibir el hecho de que el mundo es como uno lo quiera ver.

Entre sus obras más famosas están:

  • Caminatas Nocturnas (1942)
  • La Película en Nueva York   (1939)
  • La Casa Cerca de Las Vías del Tren (1925)
  • La Puesta del Sol en las Vías del Tren

Algún día me encontré con estas pinturas en un Hotel en Nueva York  y me marcaron de por vida.

Nuestra documentación se trataría de  una sesión fotográfica clandestina en muchos hoteles en Ixtapa, Acapulco, Cancún, Puerto Vallarta y otros sitios más, donde las personas supuestamente van a tomar vacaciones y a pasar un tiempo con la familia.

A fin de hacer nuestro recorrido por las costas y sitios turísticos mexicanos, recopilamos mucho material de interés, ya que casi a cada hotel que visitábamos había mínimo un alma solitaria a la que podríamos capturar en un rollo fotográfico.

Al juntar todas nuestras fotografías, formamos toda una colección a la que llamamos     “El zopilote a la orilla del camino”.

Nuestra colección fue expuesta al público en una galería de una amiga nuestra y resultó ser un buen éxito.

Si usted, querido amigo, no conoce las pinturas del señor Hopper, le recomiendo ampliamente que se familiaricen con ellas, ya que les despertará algunas emociones que podrían estar dormidas el día de hoy.

El viaje soñado

“Este año sí nos vamos de vacaciones”, anunció mi papá una noche durante la cena. “¡Viva!”, gritamos todos (“VivaAerobus”, añadió mi hermano pequeño, que había desarrollado la manía de aprenderse cuanto eslogan publicitario veía en internet). Mi mamá se limitó a esbozar una sonrisa que parecía decir “Espérense, que ahora viene lo bueno”.

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Y, en efecto, la emoción creció cuando papá nombró el destino; las paradisíacas y tranquilas playas de Mazunte, Oaxaca. Después de nuevas ovaciones e incluso aplausos, llegaron unos instantes de calma, en los que seguramente cada uno visualizó sus días de descanso.

Por lo menos, eso fue lo que yo hice. Ya me veía tendido en la arena, con piña colada en mano y bien protegido con unos lentes de sol, que levantaba de cuando en cuando para contemplar mejor a una belleza en bikini. También me veía nadando y sorteando las olas con todo y tabla de surf y tomando espectaculares fotos del atardecer, que no tardaría en compartir en Instagram (porque habría WiFi, ¿cierto?).

Lo que ninguno de nosotros vio venir, creo yo, fue lo que mi papá tenía pensado como actividad principal del viaje. Lo describió como una experiencia ecológica, educativa y que nos cambiaría la vida. Tratándose de unas vacaciones escolares, todos nos horrorizamos con el segundo punto, así que ignoramos por completo los otros dos.

Sin hacer caso de nuestras expresiones, mi papá continuó. Iríamos como voluntarios al Centro de la Tortuga Marina, un organismo dedicado al estudio, conservación y protección de dicha especie. Ahí, además de admirar a los especímenes y conocer más acerca de la flora y la fauna de la región, se puede participar en actividades de conservación, como el liberar a las crías y vigilar que lleguen seguras al mar.

Todo eso estaba muy bien, pensamos, pero ¿dónde quedaban las vacaciones? Lo que describía papá sonaba más a un proyecto de investigación o a uno de esos viajes de la escuela, que resultan divertidos en temporada de clases porque te sacan de la rutina, pero que podrían arruinar por completo unos días de asueto, destinados, preferentemente, a no hacer nada.

De pronto, los días ya no iban a transcurrir en una silla de playa, bajo la sombra de una palapa y endulzados con las bebidas frutales, sino en las sesiones de orientación impartidas en el Centro y en las expediciones por la tarde o de madrugada, para ver que las tortugas llegaran con bien a su destino.

Fuera como fuese, el viaje ya estaba organizado para la primera semana de las vacaciones escolares y, entusiasmados o no, habríamos de ir. Yo me consolé pensando que, ya cerca de la playa, tendría que haber una oportunidad para un chapuzón en el mar, una breve sesión de bronceado y un eventual “taco de ojo”.

La fecha señalada llegó y no puedo negar que me acompañaba la emoción que siempre se hace presente al iniciar un viaje. Volamos a la ciudad de Oaxaca –con la aerolínea que había descubierto mi hermanito, por cierto- y ahí rentamos un auto para trasladarnos a Mazunte.

Llegamos al atardecer y la belleza de Punta Cometa hizo que todos olvidáramos las posibles objeciones que podríamos haber puesto al viaje. “De esto se trataba lo ecológico”, pensé. Después de admirar el paisaje y tomar algunas fotos, nos dirigimos al hotel, para cenar, descansar y prepararnos para nuestra visita al Centro el día siguiente.

Ahí descubrimos que las sesiones de orientación para participar en las actividades voluntarias no eran aburridas clases de biología, sino amenas pláticas dadas por especialistas y por habitantes de la región. Cada expositor nos transmitió su amor por el lugar y las especies que lo habitan, así como la importancia de preservar ese sagrado entorno.

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Luego nos explicaron en qué consistía la liberación de las tortugas. Muchas crías nacen en el Centro, pero no se espera que crezcan en cautiverio, sino que se les devuelve al mar para que se reintegren a su hábitat natural. Los voluntarios apoyan en dos aspectos fundamentales: evitar el robo de especímenes y ayudar a que todos lleguen al mar.

Como había prometido mi papá, la experiencia cambia la vida. Lo que para nosotros son sólo unos pasos de la playa al mar, para las pequeñas crías es un titánico esfuerzo, que llevan a cabo a pesar de los obstáculos, siguiendo el llamado de su instinto. Además de darnos un ejemplo de tenacidad y constancia, este fenómeno natural nos enseñó que tirarse a descansar todo el día en la playa puede ser un proyecto muy aburrido y que un viaje “ecológico y educativo” puede convertirse en una de las mejores experiencias de la vida.

Ricos en Naturaleza

Hace algunos años me pregunté, ¿Que extensión ocupa el territorio de mi País? La respuesta teórica sería 1,973,000 km, cuando comencé a dedicarme más a mi trabajo me di cuenta que este número solo era una mentira.

Descubrí que el territorio mexicano es infinito, ¡Sí!, infinito…Al descubrir los ecosistemas y la naturaleza dentro de nuestro país te das cuenta que somos ricos y muy afortunados en tener todo esto. En mi trabajo podemos conocer diferentes aspectos que nunca jamás habría conocido en un mundo de cuidad, cuando decidí salir a explorar la naturaleza nunca me imagine que estamos destruyendo nuestros recursos.

Fué entonces cuando me di a la tarea de reunir un grupo que tuviera los mismos intereses que yo, recuperar un poco de lo perdido, es una tarea maravillosa y te das cuenta que la naturaleza realmente lo necesita. Nuestra tarea es ayudar a recuperar aquellas zonas naturales afectadas por nosotros mismos, recursos naturales que hemos destruido, sin pensar en nuestro futuro.

La tarea es sencilla cuando te lo propones, solo hace falta la intención y un poco de consciencia, la cual poco a poco crecerá en el momento que realmente tengas el compromiso con la naturaleza, es por ello que nos encargamos de reunir gente que tenga la mínima intención de ayudar.